Comprender el capitalismo como proceso histórico implica entender que el carácter social, o lo que es lo mismo el tipo de adaptación del hombre a la vida mediante las pautas que le da la sociedad, no es ni el único ni el mejor. La sociedad es la que conforma a los individuos para sus propios fines potenciando en ellos las facetas que le son más convenientes sin que le sea necesario atender al desarrollo individual de sus miembros. Una vez que se hace evidente que los patrones que proporciona el capitalismo no son los únicos ni los más aconsejables queda el camino abierto para poder alcanzar las verdaderas metas de la vida individual y colectiva de los seres humanos. Erich Fromm proporciona una guía para entender cómo se ha formado este proceso.
Respecto a nuestra sociedad una característica fundamental de la sociedad medieval es la falta de libertad. Un hombre tenía pocas posibilidades de cambiar de clase social o de desplazarse a otro lugar que no fuese el de su nacimiento. Tampoco solía disponer de la posibilidad de vestirse como quería ni de comer lo que le apeteciese. Pero aunque la persona no era libre en el sentido moderno, no estaba sola o aislada. Al tener limitadas las posibilidades de cambio su vida se mantenía dentro de una rutina que lo contextualizaba. El herrero, el caballero, el campesino,… todos se mantenían vinculados al rol que la sociedad le había encargado. Así el orden social terminaba siendo concebido como el orden natural. Aunque los sufrimientos eran muchos o inmensos la Iglesia estaba allí para darles una explicación y hacérselos soportables. El pecado original era el chivo expiatorio de los males existente de forma que la Iglesia fomentaba el sentimiento de culpabilidad al tiempo que procuraba las vías de solución.
En la parte final de la Edad Media la unidad y centralización de la sociedad medieval se había debilitado. El capital cobró importancia a través de la iniciativa económica individual y de la competencia lo que originó una nueva clase adinerada. El individualismo se extendió entonces al resto de las esferas de la actividad humana: moda, arte, filosofía, teología,... Para las clases no adineradas esto fue percibido de forma distinta que para el pequeño grupo de capitalistas ricos ya que para los primeros este proceso suponía una amenaza a su manera tradicional de vivir.
En Italia este proceso fue de más intensidad y tuvo mayores repercusiones sobre la filosofía, el arte o el estilo de vida, hasta el punto de que para Burckhardt el italiano del Renacimiento llegó a ser el primogénito entre los hijos de la Europa moderna. Los orígenes de este proceso están en varios factores económicos y políticos que se unieron a la privilegiada situación geográfica de Italia, que le concedía ventajas geográficas únicas en un momento de fuerte expansión comercial a través del Mediterráneo. Por estos y otros motivos surgió en Italia una poderosa clase adinerada cuyos miembros estaban dominados por un espíritu de iniciativa, poder y ambición. Entonces el nacimiento y el origen se volvieron menos importantes que la riqueza.
A resultas de esta progresiva destrucción de la sociedad medieval fue emergiendo el individuo en el sentido moderno. Las masas que no habían obtenido la riqueza y el poder del grupo gobernante perdieron su antigua seguridad y terminaron por volverse un grupo informe. Mientras tanto los adinerados obtuvieron un sentimiento de fuerza y, a la vez, un aislamiento, una duda y un escepticismo creciente. Y fue esta inseguridad, como señala Burckhardt, una característica básica del individuo del renacimiento que se plasmó en el anhelo de fama, con la que al tiempo que acallaba las dudas servía para aliviar la necesidad de inmortalidad y así conseguir que la propia vida adquiera significado al reflejarse en el juicio de los otros.
La organización socioeconómica de la sociedad medieval era relativamente estática. Aunque había que luchar duramente para poder vivir, en general, se podía esperar vivir del fruto del trabajo. Dentro de este sistema los supuestos económicos fundamentales eran que los intereses económicos están subordinados al problema de la vida, que era la salvación, y que la conducta económica era un aspecto de la conducta personal, sometida, al igual que las otras, a reglas de moralidad. R. Tawney relata en “Religión y el auge del capitalismo” cómo era lícito para un hombre buscar las riquezas necesarias para mantener el nivel de vida propio de su posición social. Buscar más no era considerado ser emprendedor sino avaro, y la avaricia era un pecado mortal. La propiedad privada era una institución necesaria, por lo menos en un mundo caído en el pecado, pero debía de ser tolerada únicamente como una concesión a la debilidad humana, nunca debía de ser exaltada como un bien en sí mismo.
Mientras la situación de mercado en la Edad Media era estática, de forma que existía una oferta y demanda en relación directa y concreta, en este momento la situación del mercado era más amplia y ya no se podía estar fijo de que la oferta y la demanda estuviesen en relación directa. Ya no era suficiente con producir mercancías útiles, ya que las leyes de mercado decidían si los productos podían ser vendidos y en qué beneficio. El mecanismo del nuevo mercado se hizo similar a la doctrina calvinista de la predestinación, según la que el individuo debe de realizar todos los esfuerzos posibles para ser bueno, pero su salvación o condenación estaba decidida desde su nacimiento. El día del mercado llegó a ser el día del juicio para los productos del esfuerzo humano. Para estas alturas los elementos decisivos del capitalismo moderno junto con sus efectos psicológicos en el individuo ya habían surgido. La economía en el sistema feudal se basaba en el principio de cooperación, ahora el individualismo tomaba fuerza y los principios medievales quedaban progresivamente relegados. El hombre había perdido un sistema estable y sus relaciones con los demás hombres se tornaron en hostiles al ser todos posibles rivales entre ellos.
Hacia finales de la Edad Media comenzó a desarrollarse el concepto de tiempo en el sentido moderno y los minutos comenzaron a tener valor. Un síntoma de esto es que en Núremberg las campanas comenzaron a tocar a los cuartos de hora desde el S. XVI. El tiempo comenzó a tener tal valor que la gente se dio cuenta de que no podía perderlo. El predicador Martin Butzer escribió entonces: “Todo el mundo corre detrás de aquellos asuntos y ocupaciones que reportan mayores beneficios. El estudio de las artes y las ciencias es desechado en beneficio de las formas más innobles de trabajo manual.”

Este artículo fue publicado el 21 febrero 2010 y está archivado en las secciones , , , . Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del comments feed .

3 comentarios

Interesantísimo el tema que tratas hoy. Además, lo haces de una manera muy clara y sintética. Espero que continúe...

Salud.

21 feb. 2010 20:52:00

Hola Carol.

Una de las cosas buenas que tiene la historia es que nos ayuda a comprendernos. No podemos saber lo que somos si no hemos llegado a saber lo que fuimos.

Gracias y saludos.

24 feb. 2010 19:51:00
Anónimo  

Hola, realmente llegue a tu blog por un trabajo sobre el capitalismo en la edad media,no soy muy capa respecto al tema, pero esta buenisima (:

16 mar. 2012 20:30:00

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